Fin del mes de Julio...y final de la rotación en Cuidados Intensivos Neonatales.
Quiero decir algunas cosas antes de empezar a contar mi experiencia en esta unidad...
La primera... Me gustan los niños que pueden hablar.
Si, siempre me ha gustado ver cómo cuando no entienden la realidad se la inventan, la interpretación que hacen de lo que les está sucediendo, interactuar con ellos, incluso cuando están malitos. Es verdad que también es más duro trabajar con niños que son capaz de decirte lo que les pasa (cuando les pasan, obviamente, cosas malas) pero es una parte más de la realidad del cuidado enfermero.
La segunda... Nunca he rotado por una UCI Neonatal... Ni si quiera durante la carrera.
Imaginaos mi Nivel Pez cuando llegué allí.
La tercera... La UCI Neonatal de mi hospital es la UCI Neonatal más grande de España.
(Y por el resto del hospital, se rumorea que allí está " La Elite" de la enfermería)
Con todas estas premisas me presenté yo el día 3 de Mayo para empezar mi rotatorio allí. Acababa de salir del rotatorio de Atención Primaria (con su revisión del niño sano, sus pegatinas de "Soy un chico valiente", sus sesiones sobre el Baby Led Weaning...) para encontrarme de frente con el paciente crítico neonatal.
Mi primera impresión, como no fue la de "CAOS"/ "Cojo el bolso y me voy".
Afortunadamente contamos con dos uvis, una más pequeñita (en la que se intenta prestar cuidados al mayor número de grandes prematuros posibles, para que estos se encuentren agrupados y en este box sea más factible mantener un ambiente adecuado para este tipo de niños), y un box más grande en el que podemos encontrar todo tipo de pacientes neonatales (quirúrgicos, prematuros etc). Bien, pues yo empecé por la uvi pequeñita, para que el susto no fuera tan tan grande.
Tengo que decir que el susto me lo llevé igual. Cuando ví a aquellos micos de 650 gramos lo primero que pensé fue: No puedo trabajar con estas manos tan grandes. Y ojo. Que llevo una talla 8 de anillo.
Poco a poco fui acostumbrándome a las CPAPs, a vivir con un monitor constantemente pitando, en una sala con poca luz y con un ritmo de trabajo muy diferente al que había conocido. A integrar en la rutina diaria a los papás, a convivir con ellos independientemente de mi estado de humor de ese día (parece una tontería pero también es algo que hay que aprender), y sobre todo a considerarles unos aliados y no unos enemigos.
Cuando creí que había llegado el momento, decidí cambiarme al box grande. Es un box enorme donde trabajan, literalmente, 200 enfermeras en planilla. Cada día coincides con una diferente y aún a día de hoy que he terminado el rotatorio, sigo sin conocer el nombre de algunas.
En este box el trasiego de gente de la calle y de profesionales es inimaginable. Y tú, pequeña recién R2 tienes que arreglártelas para ir ganándote la confianza de la gente de tu alrededor, poco a poco, sabiendo que no sabes casi nada y que necesitas aprender.
Quiero decir que en esta unidad he vivido momentos muy duros. Días en los que he querido ponerme a llorar y marcharme a mi casa, y días en los que he sentido que había encontrado mi vocación. He tenido sentimientos tan encontrados que ordenarlos, ahora mismo, sería una locura. Lo que sí puedo deciros es que esta ha sido una de las rotaciones que quizás más me haya cambiado, como enfermera y como persona, aunque también como residente.
He visto enfermeros maravillosos, trabajando en base a la evidencia científica más actual hasta un nivel que yo nunca habría podido imaginar. Y también he visto enfermeros muy competentes con 0 ganas de enseñar a nadie ni de seguir aprendiendo. Lo que sí es verdad es que he aprendido de todos y cada uno de ellos, de sus cosas buenas y de sus cosas malas, aunque a veces me haya costado algún que otro disgustillo.
En cuanto a los neonatos creo que mi opinión sobre ellos ha cambiado.
Es verdad que no pueden hablar, es verdad que yo echo de menos los niños que sí que hablan. Pero también me gusta hablar con ellos de otra forma, saber qué hacer para contenerles, aliviarles el dolor o simplemente reconocerlo. Me siento igual de super enfermera poniendo un niño al pecho que ayudando a canalizar un silástico central. Me siento igual de enfermera cogiendo a un gordito para meterlo en un baño de agua caliente cuando nada es capaz de aliviarle que abriendo las puertas de una incubadora y sosteniendo unas manitas diminutas que cierran sus deditos alrededor de la tuya, a la luz de la sonda del pulsioxímetro.
También creo que para trabajar en esa unidad hace falta un nivel de resistencia mental y tolerancia al estrés que yo no sé si podría mantener demasiado tiempo, cuando el beneficio, en ocasiones, tanto para los niños como para el personal nunca se obtiene o se obtiene a muy largo plazo.
Sin embargo creo que como residente de enfermería pediátrica es imprescindible pasar por esto para darte cuenta de si realmente te has equivocado o no de profesión.
Yo cada día lo tengo más claro.
Un abrazo


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