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domingo, 30 de octubre de 2016

Reflexiones: Cuidados Intensivos Pediátricos


Agosto. Calor infernal en un Madrid vacío, sin coches, sin parquímetro. Todo el mundo está de vacaciones, y tú, estás loca por juntar cinco días seguidos para poder escaparte a la playa.
Es increíble que cada día continuemos nuestras vidas con normalidad, ajenos a otras realidades como la que sucede  en una UCIP de un hospital infantil.
De esta rotación podría decir muchas cosas, aunque tampoco me apetece mucho hoy escribiros un testamento-y  creo que hay cosas que simplemente no se pueden escribir.
Pero si algo he aprendido de esta unidad es que tenemos suerte, mucha suerte, de estar perfectamente sanos, de poder salir a la calle y ver la luz del sol cada día, de poder respirar sin que una máquina lo haga por nosotros.
En esta profesión aprendemos a convivir con cosas "inaguantables" a priori: el dolor, el miedo, la muerte. Dejamos todas nuestras emociones detrás de esas puertas verdes, porque cuando vestimos el uniforme somos quizás, en ocasiones, la única luz capaz de poner sentido común y cordura a situaciones que serían inmanejables de cualquier otro modo.
Pero no, no somos máquinas (he aprendido que es bueno no serlo) y reconozco que  a veces sólo he querido salir corriendo de la UCI y olvidar todo lo que había visto ese día.
Sin embargo, fuera de eso, he aprendido que los niños- sanos y malitos- no funcionan como los adultos (parece una obviedad pero no lo es). En esta unidad he aprendido que no puedes ganarte la confianza de un niño sin negociar con él primero, sin ganarte su afecto. No puedes pretender calmar el dolor de un niño que no sabe cómo te llamas, o al que nunca le has dicho "Buenos días" y le has "chocado esos cinco" incluso cuando el tubo endotraqueal le impedía hablar. Esto no es neonatos, aquí no puedes abrir la incubadora y sin decir nada, actuar.
A veces (esto lo aprendí de una mamá) necesitas ir al chino y comprar cuatro pegatinas de dinosaurios de colores para que ese paciente (que no es un paciente, tiene nombre, apellidos, y le gusta el zumo que no esté frío y sin pajita) tenga alguna motivación para incorporarse en la cama y toser.
Y lo que más increíble me parece es pensar que ese pequeño que está conectado a 27 bombas, se dializa una vez al día, y al que le tomas constantes cada media hora, es capaz de mirarte y hacerte saber que necesita algo (un cambio de postura, un sorbito de agua, que le enseñes el bolígrafo rosa que llevas metido en el bolsillo). ¡¡Que los niños críticos también demandan!!

He vivido situaciones de auténtico caos en las que creía que la forma en la que podía ser más útil era apartarme y observar desde un rincón. He sentido que no tenía absolutamente ni idea de nada, he vuelto a preguntarme una vez más qué me enseñaron en la carrera y si había servido para algo, me he preguntado a mí misma en ocasiones de estrés en que momento de mi vida se me había olvidado sumar.
Porque lo difícil de todo esto, es estar en formación y tener que aprender en situaciones tan urgentes que nadie puede pararse, si quiera, a explicarte lo que está sonando ahora mismo en el monitor.

En fin. En realidad, aunque la rotación ha sido larga (casi tres meses) me parece que para moverme con un pelín de soltura en una unidad así necesitaría al menos tres años de experiencia, aunque al menos esto ha servido para permitirme ver de qué va la historia.

Pero una vez más reafirmo que me gusta este ritmo de trabajo, me gusta estar al pié del cañón cuando las situaciones se vuelven límite, a pesar de que no sé si podría trabajar bajo ese estrés durante mucho tiempo.


De todo se aprende, ¿No?


Un abrazo


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